• Andrés Messmer

La correspondencia entre el Papa Pío IX y Charles Hodge

Introducción

Poca gente sabe que el Papa Pío IX invitó a los protestantes a asistir el concilio Vaticano I que se celebró en 1869–1870 y que Charles Hodge le contestó. Antes de leer las traducciones a continuación, permítanme hacer comentarios introductorios.


Primero, sobre la invitación del Papa Pío IX. Se nota que su preocupación principal es afirmar y defender la supremacía papal. No está interesado en el diálogo, sino en invitar a los cristianos no católico romanos a volver al seno de la Iglesia. Para él, estar en comunión con la iglesia de Roma es igual a estar en comunión con Dios, y viceversa. Echa la culpa del caos moderno a los que no se someten a la autoridad, y por tanto a todos aquellos que no quieren someterse al Papa. Nunca se refiere a los no católicos con la etiqueta ‘iglesias’, sino con otras como ‘cristianos separados de nosotros’ e ‘hijos errantes’, pues la primera apelación sería una concesión demasiado grande: para él, solo hay una iglesia, la católica romana.


Ahora, sobre la respuesta de Charles Hodge. La respuesta de Hodge no es una respuesta sistemática sobre las diferencias entre protestantes y católico romanos, sino una respuesta a los temas mencionados por el Papa Pío IX. Esto ayuda a explicar por qué no mencionó temas como la justificación por la fe sola, la transubstanciación, los siete sacramentos, etc. Desde el inicio, se debería notar que Hodge no le llama ‘Papa Pío’, sino ‘Pío, obispo de Roma’, que es una afirmación sutil (¡o no tan sutil!) de la postura típica de las iglesias no católico romanas: la autoridad del Papa está limitada a Roma. Se puede dividir la respuesta de Hodge en tres partes: no somos herejes, no somos cismáticos y el Concilio de Trento sigue siendo un obstáculo a la comunión. En cuanto a no ser herejes, Hodge afirma el Credo apostólico y la doctrina de los primeros seis concilios ecuménicos, que para él es la doctrina de ‘toda la iglesia primitiva’. En cuanto a no ser cismáticos, Hodge define la Iglesia, no como todos aquellos que están sometidos a la iglesia de Roma como afirma el Papa Pío, sino como todos aquellos que creen el evangelio. Hodge abraza como hermanos a todos aquellos que se someten a la Biblia y abrazan sus doctrinas. En cuanto al obstáculo del Concilio de Trento, Hodge afirma que los protestantes siguen creyendo las mismas doctrinas por las cuales los reformadores del s. XVI fueron excomulgados de la Iglesia católica romana. En concreto, menciona los siguientes cuatro temas: sola Escritura, el derecho al juicio privado, el sacerdocio universal y la perpetuidad del apostolado. Al final, ninguna iglesia no protestante asistió el Vaticano I, y el Papa Pío no contestó la carta de Hodge.


Las cartas fueron traducidas por Trini Bernal y ligeramente modificadas por el autor.


Iam Vos Omnes (1868)

Carta Apostólica de Su Santidad el Papa Pio IX a todos los protestantes y otros no católicos en la convocatoria del [Primer] Concilio Vaticano, 13 de septiembre de 1868, para que vuelvan a la Iglesia Católica[1]


A TODOS LOS PROTESTANTES Y OTROS NO CATÓLICOS


Pío IX, Papa

Todos ustedes saben ya que Nosotros, habiendo sido elevados, a pesar de Nuestra indignidad, a esta Cátedra de Pedro, y por lo tanto investidos con el gobierno supremo y la tutela de toda la Iglesia Católica, divinamente confiado a Nosotros por Cristo nuestro Señor, hemos juzgado oportuno llamar a Nuestros Venerables Hermanos, los Obispos de toda la tierra, a unirse para celebrar el próximo año, un Concilio Ecuménico; para que, de acuerdo con Nuestros Venerables Hermanos que están llamados a compartir Nuestros cuidados, tomemos las medidas que sean más oportunas y necesarias, tanto para disipar las tinieblas de los muchos errores nocivos que en todas partes prevalecen cada vez más, con gran pérdida de almas, como para establecer y confirmar cada día más y más entre el pueblo cristiano confiado a Nuestra vigilancia el Reino de la verdadera Fe, la Justicia y la Paz de Dios. Confiados en los estrechos lazos y en la más afectuosa unión que de manera tan marcada nos une a Nosotros y a esta Santa Sede a estos Nuestros Venerables Hermanos, quienes, a lo largo de todo el tiempo de Nuestro Supremo Pontificado, nunca han dejado de dar muestras claras de su amor y veneración por Nosotros y por esta Santa Sede; tenemos la firme esperanza de que este Concilio Ecuménico, convocado por Nosotros en este momento, producirá, por inspiración de la Divina Gracia, como en épocas pasadas hicieron otros Concilios Generales, abundantes frutos de bendición, para mayor gloria de Dios y para la eterna salvación de los hombres.


Sostenidos por esta esperanza, incitados y urgidos por el amor de nuestro Señor Jesucristo, que dio su vida por toda la raza humana, no podemos abstenernos, con ocasión del futuro Concilio, de dirigir Nuestras Apostólicas y paternales palabras a todos aquellos que, si bien reconocen al mismo Jesucristo como Redentor y se glorían en el nombre de cristianos, no profesan la verdadera fe de Cristo, ni se atienen y siguen la Comunión de la Iglesia Católica. Y lo hacemos para advertirles y conjurarles y suplicarles con todo el calor de Nuestro celo, y con toda caridad, que consideren y examinen seriamente si siguen el camino que les marcó Jesucristo nuestro Señor, y que conduce a Eterna Salvación. Nadie puede negar o dudar que Jesucristo mismo, para aplicar los frutos de su redención a todas las generaciones de los hombres, edificó su única Iglesia en ese mundo sobre Pedro, es decir, la Iglesia, Una, Santa, Católica y Apostólica; y que le dio todo el poder necesario para que el depósito de la fe se conservara íntegro e inviolable, y para que la misma Fe se enseñara a todos los pueblos, razas y naciones, para que a través del bautismo todos los hombres llegaran a ser miembros de su cuerpo místico, y para que la nueva vida de gracia, sin la cual nadie merece ni alcanza la vida eterna, se conservara siempre y se perfeccionara en ellos; y para que esta misma Iglesia, que es su cuerpo místico, permanezca siempre firme e inamovible en su propia naturaleza hasta el fin de los tiempos, y para que prospere y provea para todos sus hijos todo lo necesario para la Salvación.


Ahora bien, quien quiera examinar y reflexionar sobre la condición de las diversas sociedades religiosas, divididas entre sí, y separadas de la Iglesia Católica, la cual, desde los días de nuestro Señor Jesucristo y sus Apóstoles jamás ha dejado de ejercer, por medio de sus legítimos pastores, y aún continúa ejerciendo, el poder divino que le fue encomendado por este mismo Señor; no puede dejar de complacerse de que ninguna de estas sociedades por sí misma, ni todas ellas juntas, pueden en manera alguna constituir y ser esa Única Iglesia Católica que nuestro Señor Jesucristo edificó y estableció y quiso que continuara; y que no puede decirse en modo alguno que sean ramas o partes de esa Iglesia, ya que están visiblemente separadas de la unidad Católica. Porque, mientras que estas sociedades están destituidas de esa autoridad viva establecida por Dios, que enseña especialmente a los hombres lo que es de la Fe, y lo que es la regla moral, y los dirige y los guía en todas aquellas cosas que pertenecen a la salvación eterna, así han variado continuamente en sus doctrinas, y este cambio y variación es constante entre ellos. Todo el mundo debe entender perfectamente, y ver clara y evidentemente, que tal estado de cosas se opone directamente a la naturaleza de la Iglesia instituida por nuestro Señor Jesucristo; porque en esa Iglesia la verdad debe continuar siempre firme y siempre inaccesible a todo cambio, como un depósito dado a esa Iglesia para ser guardado en su integridad, para cuya custodia la presencia y la ayuda del Espíritu Santo han sido prometidas a la Iglesia para siempre. Nadie, además, puede ignorar que de estas doctrinas y opiniones discordantes han surgido cismas sociales, y estos, a su vez, han dado lugar a sectas y comuniones sin número, que se propagan sin cesar, en perjuicio creciente de la sociedad cristiana y civil.


De hecho, cualquiera que reconozca la religión como el fundamento de la sociedad no puede sino percibir y reconocer el desastroso efecto que esta división de principios, esta oposición, esta lucha de sectas religiosas entre sí, ha tenido sobre la sociedad civil, y cuán poderosamente esta negación de la autoridad establecida por Dios, para determinar la creencia de la mente humana, y para dirigir las acciones de los hombres tanto en la vida privada como en la social, ha provocado, propagado y fomentado esos deplorables trastornos, esas conmociones por las que casi todos los pueblos están gravemente perturbados y afligidos.


Por lo tanto, que todos los que no se adhieren la unidad y la verdad de la Iglesia Católica aprovechen la oportunidad de este Concilio, por el que la Iglesia Católica, de la que sus antepasados fueron miembros, da una nueva prueba de su perfecta unidad e inconquistable vitalidad; y que, obedeciendo a los anhelos de sus propios corazones, se apresuren a rescatarse a sí mismos de un estado en el que no pueden asegurar su propia salvación. Y que no cesen de ofrecer las más fervientes oraciones al Dios de Misericordia, para que derribe el muro de separación, para que disipe las nieblas del error y para que les guíe de vuelta al seno de la Santa Madre Iglesia, donde sus padres hallaron los saludables pastos de vida y en la que sólo se conserva y se transmite íntegramente la doctrina de Jesucristo, y se dispensan los misterios de la gracia celestial.

En cuanto a nosotros, viendo que debemos, de acuerdo con el deber de Nuestro supremo Ministerio Apostólico, a Nosotros confiado por nuestro Señor Jesucristo mismo, cumplir con el más ferviente celo todos los oficios de un buen Pastor, y con amor paternal seguir y abrazar a todos los hombres en todo el mundo — por consiguiente enviamos esta Nuestra Carta a todos los cristianos separados de Nosotros, en la cual les exhortamos y rogamos, una y otra vez, que apresuren su regreso al Único Rebaño de Cristo; porque con toda Nuestra alma deseamos ardientemente su salvación en Jesucristo, y tememos que un día tengamos que rendir cuentas al mismo Señor, que es Nuestro Juez, si, estando en Nuestra mano, no les indicamos, y les preparamos el camino para alcanzar esta salvación eterna. Verdaderamente, en cada una de Nuestras oraciones, con súplica y acción de gracias, no cesamos, día y noche, de rogar humilde y encarecidamente para ellos, al Eterno Pastor de las almas, la abundancia de luz y gracia celestial.


Y puesto que, a pesar de Nuestra indignidad, somos su Vicario aquí en la tierra, esperamos, pues, con las manos extendidas, y con el más ardiente deseo, el retorno de Nuestros hijos errantes a la iglesia católica, para acogerlos con el mayor cariño a la casa de su Padre Celestial, y enriquecerlos con sus inagotables tesoros. De este anhelado regreso a la verdad y a la unidad de la Iglesia Católica depende la salvación no sólo de los individuos, sino también de toda la sociedad cristiana; y nunca podrá disfrutar de verdadera paz el mundo entero, hasta que exista un solo Redil y un solo Pastor.


Entregado en Roma, en San Pedro, el 13 de septiembre de 1868, en el vigésimo tercer año de Nuestro Pontificado.


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Texto de una carta escrita por Charles Hodge, del Seminario Teológico de Princeton, en nombre de las dos Asambleas Generales de la Iglesia Presbiteriana de EE.UU., explicando por qué se declinaba la invitación del Papa a enviar delegados al primer Concilio Vaticano de 1869-70.[2]


A Pio IX, Obispo de Roma,

Por su carta encíclica de 1869 invita a los protestantes a enviar delegados al Concilio convocado para reunirse en Roma durante el mes de diciembre del año en curso. Dicha carta ha sido puesta en conocimiento de las dos Asambleas Generales de la Iglesia Presbiteriana de los Estados Unidos. Esas asambleas representan a unos cinco mil ministros y un número aún mayor de congregaciones cristianas.


Creyendo, como creemos, que es la voluntad de Cristo que su Iglesia en la tierra esté unida, y reconociendo el deber de hacer todo lo que consistentemente podemos para promover la caridad y la comunión cristianas, consideramos correcto presentar de manera breve las razones que impiden nuestra participación en las deliberaciones del próximo Concilio que se acerca.


No es porque hayamos renunciado a ningún artículo de la fe católica. No somos herejes. Aceptamos cordialmente todas las doctrinas contenidas en ese Símbolo que se conoce como el Credo de los Apóstoles. Consideramos que todas las decisiones doctrinales de los primeros seis concilios ecuménicos son coherentes con la Palabra de Dios, y por esa coherencia, las recibimos como expresión de nuestra fe. Creemos, por tanto, en la doctrina de la Trinidad y de la persona de Cristo tal y como son expresadas en los símbolos adoptados por el Concilio de Nicea 321 d. C., el Concilio de Constantinopla 381 d. C. y, más ampliamente, el Concilio de Calcedonia 451 d. C. Creemos que hay tres personas en la Deidad, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, y que estos tres son de la misma sustancia e iguales en poder y gloria. Creemos que el Hijo Eterno de Dios se hizo hombre tomando para sí un cuerpo verdadero y un alma racional, y así fue, y sigue siendo, tanto Dios como hombre en dos naturalezas distintas y una persona para siempre. Creemos que nuestro divino Señor y Salvador Jesucristo es el profeta que había de venir al mundo, cuyas enseñanzas estamos obligados a creer y en cuyas promesas confiamos. Él es el Sumo Sacerdote que satisface de manera infinitamente meritoria la justicia divina, cuya intercesión siempre prevalente, es la base de la justificación y la aceptación del pecador ante Dios. Lo reconocemos como nuestro Señor, no sólo porque somos sus criaturas, sino también porque hemos sido comprados por su sangre. A su autoridad estamos obligados a someternos, en su cuidado confiamos y a su servicio deberían consagrarse todas las criaturas, tanto en los cielos como en la tierra.


Aceptamos todas las doctrinas relacionadas con el pecado, la gracia y la predestinación, conocidas como Agustinas, que recibieron la aprobación no sólo del Concilio de Cartago y otros Sínodos provinciales, sino también del Concilio Ecuménico de Éfeso 431 d. C. y de Zósimo, obispo de Roma.


Por lo tanto, no podemos ser declarados herejes sin involucrar en la misma condena a toda la iglesia primitiva.


Tampoco somos cismáticos. Recibimos cordialmente como miembros de la Iglesia visible de Cristo en la tierra a todos aquellos que profesan la religión verdadera junto con sus hijos. Deseamos sinceramente mantener comunión cristiana con ellos, siempre que no exijan, como condición de esa comunión, que profesemos doctrinas que la Palabra de Dios condena o que practiquemos lo que la Palabra de Dios prohíbe. Si en algún caso alguna Iglesia impone tales términos antibíblicos de comunión, el error y la falta es de esa iglesia y no nuestro.


Pero, aunque no declinamos su invitación porque seamos herejes o cismáticos, sin embargo, estamos excluidos de aceptarla porque seguimos manteniendo con creciente confianza aquellos principios por los cuales nuestros padres fueron excomulgados y declarados malditos por el Concilio de Trento, que representaba, y todavía representa, a la iglesia que usted preside.


Los más importante de esos principios son: En primer lugar, que la Palabra de Dios, contenida en las Escrituras del Antiguo y del Nuevo Testamento, es la única norma infalible de fe y conducta. El Concilio de Trento, sin embargo, declara Anatema a todo el que no reciba las enseñanzas de la tradición pari pietatis affectu (con el mismo aprecio piadoso) que las mismas Escrituras. Lo cual no podemos hacer sin incurrir en la condenación que nuestro Señor pronunció contra los Fariseos, que anularon la Palabra de Dios por sus tradiciones (Mt 15:6).


En segundo lugar, el derecho al juicio privado. Cuando abrimos las Escrituras, encontramos que están dirigidas a las personas. Nos hablan a nosotros. Se nos encomienda escudriñarlas (Jn 5:39), creer lo que enseñan. Se nos hace personalmente responsables de nuestra fe. El apóstol nos ordena declarar maldito a un apóstol o a un ángel de cielo que enseñe algo contrario a la Palabra de Dios divinamente autenticada (Gal 1:8). Nos hace jueces, ha puesto en nuestras manos la regla del juicio y nos hace responsable de nuestros juicios.


Además, encontramos que la enseñanza del Espíritu Santo fue prometida no sólo al clero, y mucho menos a un orden del clero exclusivamente, sino a todos los creyentes. Está escrito: “Seremos enseñados por Dios”. El Apóstol Juan dice a los creyentes: “Tenéis la unción del Santo y conocéis todas las cosas […] pero la unción que vosotros habéis recibido de él permanece en vosotros, y no tenéis necesidad de que nadie os enseñe; así como la unción misma os enseña todas las cosas, y es verdadera, y no es mentira, según ella os ha enseñado, permaneced en él” (1 Jn 2:20, 27). Esta enseñanza del Espíritu se autentica a sí misma, como este mismo apóstol nos enseña, cuando dice: “El que cree en el Hijo de Dios, tiene el testimonio en sí mismo” (1 Jn 5:10). “No os he escrito como si ignoraseis la verdad, sino porque la conocéis, y porque ninguna mentira procede de la verdad” (1 Jn 2:21). El juico privado, por tanto, no sólo es un derecho, sino un deber, del que ningún hombre puede absolverse, o ser absuelto por otros.


En tercer lugar, creemos en el sacerdocio universal de todos los creyentes, es decir, que todos los creyentes tienen, por medio de Cristo, acceso por un sólo Espíritu al Padre (Ef 2:18), para que podamos acercarnos con confianza al trono de la gracia, a fin de obtener misericordia y hallar gracia que nos ayude en el momento de necesidad (Heb 4:16). “Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo, por el camino nuevo y vivo que él nos abrió a través del velo, esto es, de su carne, y teniendo un gran sacerdote sobre la casa de Dios, acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, purificados los corazones de mala conciencia, y lavados los cuerpos con agua pura” (Heb 10:19–22). Admitir, por tanto, el sacerdocio del clero, cuya intervención es necesaria para asegurarnos la remisión de los pecados y otros beneficios de la redención de Cristo, es renunciar al sacerdocio de nuestro Señor, o a su suficiencia para asegurar nuestra reconciliación con Dios.


En cuarto lugar, negamos la perpetuidad del apostolado. Así como ningún hombre puede ser apóstol sin el Espíritu de profecía, ningún hombre puede ser apóstol sin los dones de apóstol. Esos dones, según aprendemos de las Escrituras, eran el conocimiento pleno de la verdad derivado de Cristo por revelación inmediata (Gal 1:12) e infalibilidad personal como maestros y gobernantes. Lo que eran las señales del apostolado nos lo enseña Pablo, cuando dice a los Corintios: “Con todo, las señales de apóstol han sido hechas entre vosotros en toda paciencia, por señales, prodigios y milagros” (2 Cor12:12). En cuanto a los prelados que se proclaman apóstoles y que demandan la misma confianza en sus enseñanzas y la misma sumisión a su autoridad que es debida a los mensajeros inspirados de Cristo, sin pretender poseer ni los dones ni las señales del apostolado, no podemos someternos a sus pretensiones. Sería rendir a hombres falibles la sujeción debida sólo a Dios o a sus mensajeros divinamente autenticados e infalibles.


Mucho menos podemos reconocer al Obispo de Roma como el Vicario de Cristo en la tierra, revestido de la autoridad sobre la Iglesia y el mundo que fue ejercida por nuestro Señor mientras estaba aquí en la carne. Es evidente que nadie que no tenga los atributos de Cristo puede ser el vicario de Cristo. Reconocer al Obispo de Roma como el vicario de Cristo es, por tanto, reconocerlo virtualmente como divino.


Debemos permanecer firmes en la libertad con la que Cristo nos ha hecho libres. No podemos perder nuestra salvación por poner a un hombre en el lugar de Dios, dándole a uno con pasiones similares a las nuestras el control de nuestra vida interior y exterior, que sólo se debe a aquel en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y el conocimiento, y en quien habita toda la plenitud de la Deidad.


Se podrían señalar otras razones, igualmente convincentes, por las que no podemos, con buena conciencia estar representados en el Concilio propuesto. Pero, como el Concilio de Trento, cuyos cánones aún están en vigor, declara malditos a todos los que sostienen los principios arriba enumerados, no es necesario nada más para demostrar que nuestro rechazo a su invitación es una cuestión de necesidad.


Sin embargo, aunque no podemos regresar a la comunión con la Iglesia de Roma, deseamos vivir en amor con todos los hombres. Amamos a todos aquellos que aman a nuestro Señor Jesucristo con sinceridad. Consideramos como hermanos cristianos a todos aquellos que le alaban, le aman y le obedecen como su Dios y Salvador, y esperamos estar unidos en los cielos con todos los que se unen a nosotros en la tierra al decir: “Al que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre, y nos hizo reyes y sacerdotes para Dios, su Padre; a él sea gloria e imperio por los siglos de los siglos. Amén” (Apoc 1:6).


Firmado en nombre de las dos Asambleas Generales de la Iglesia Presbiteriana de los Estados Unidos de América.

Charles Hodge

[1] Texto en inglés: https://novusordowatch.org/pius9-iam-vos-omnes/; Texto latín-inglés: James Stone, The Invitation Heeded: Reasons for a Return to Catholic Unity (New York: Catholic Publication Society), 5–14) [2] Fuente: https://banneroftruth.org/us/resources/articles/2010/charles-hodges-letter-to-pope-pius-ix/.