• Andrés Messmer

“Los cristianos son ateos”

Introducción

Como dice Atenagoras, el apologeta cristiano del s. II, los cristianos primitivos fueron acusados de tres crímenes: el canibalismo, el incesto y el ateísmo.[1] Los tres fueron acusaciones serias,[2] pero aquí me gustaría explicar el que quizá parezca el más raro para nosotros hoy en día: el ateísmo. Quizá esta sea la acusación más antigua hecha contra los cristianos, y ya hay de ella encontradas en el Nuevo Testamento mismo (p. ej., Hch 19:23ss.) y una atestación clara encontrada a inicios del s. II durante el martirio de Policarpo.[3] Me gustaría plantear dos preguntas en este artículo: 1) ¿Por qué se hizo esta acusación contra los cristianos? 2) ¿Por qué fue una acusación tan seria?


¿Por qué se llamó ateos a los cristianos?

Para lectores modernos (¡y para los primeros cristianos también!), la acusación de ateísmo suena ridícula. Después de todo, si algún grupo es conocido por su creencia en Dios, seguramente los cristianos se encuentran entre los primeros. Sin embargo, para la mente grecorromana, no era así. Los ciudadanos del Imperio romano practicaban lo que podría llamarse el politeísmo cívico, es decir, que el gobierno civil patrocinaba la adoración de varios dioses a través de las artes, fiestas, sacrificios, el teatro, etc.


Pero en el s. I d. C., apareció un grupo de personas que decían que no querían hacer sacrificios a los dioses reconocidos a nivel oficial, ir al teatro, ni demostrar respecto por las costumbres antiguas. Además, no representaban su dios en el arte, ni escribían obras de teatro en su honor, ni tenían la aprobación del gobierno civil. Para colmo, su dios era un dios relativamente nuevo y tenía su origen en el judaísmo, que históricamente había tenido muy mala fama en el mundo grecorromano. Por tanto, si lo vemos con empatía desde la perspectiva del ciudadano grecorromano medio, podemos ver cómo se podría aplicar la acusación de ateísmo a los cristianos. Sin embargo, lo que querían decir con el término era que no creían en los dioses grecorromanos que estaban aceptados y patrocinados por el gobierno.


¿Por qué era una acusación tan seria?

Para responder a esta pregunta, tenemos que volver a unos cuantos siglos antes del cristianismo, a Atenas del s. V a. C. Sócrates estaba en su apogeo, y estaba enseñando algo peligroso: que los dioses no existen. Eso se había enseñado antes, empezando con Tales de Mileto en el s. VII, y seguido por otros llamados “filósofos naturales”, pero su enseñanza no tuvo el mismo impacto social como la de Sócrates. Según filósofos como él, los dioses eran vistos como necesarios por la gente común para asegurarse estabilidad social.[4] Cosas como los juramentos, los contractos y la defensa de la ciudad solo eran posibles si la gente creía en los dioses: ellos pueden ver lo que hacemos en el privado y tenemos que defenderlos en guerra. Sin embargo, como el oponente de Sócrates —Aristófanes— mostró, borrar a los dioses es borrar el freno social, invitando así al caos en la ciudad.[5] Sócrates fue acusado de dos cosas (y declarado culpable de lo mismo): ser ateo y corromper las mentes de los jóvenes de la ciudad con su enseñanza (es decir, el ateísmo). Curiosamente, sabemos por los escritos de Platón que, aunque Sócrates no creía en los dioses helenos conocidos en Atenas, sí creía en algún tipo de realidad divina. Es decir, Sócrates no estaba muy lejos de lo que llamamos hoy en día el “monoteísmo”.


La historia de Sócrates era muy bien conocida por todo el mundo grecorromano, y también durante los primeros siglos de la era cristiana. Por tanto, acusar a los cristianos de ser ateos fue una acusación muy seria, e hizo temblar a los gobernantes del Imperio romano, tanto a nivel local como a nivel imperio. Lo que más quería el Impero romano era el orden y la estabilidad, y pocas cosas podrían ser más amenazadoras que una revuelta social basada en descuidara los dioses. No adorar a los dioses significaba el deshecho de la sociedad misma, y así los cristianos fueron vistos como los que invitaban a la anarquía social total.


Conclusión

El cristianismo contribuyó más a la estabilidad del Imperio romano que cualquier otra religión, enseñanza filosófica o religión mistérica. Paradójicamente, si la gente hubiera imitado a los dioses grecorromanos, el Imperio se habría colapsado mucho antes de lo que lo hizo en realidad.[6] Los cristianos renunciaron por completo a todas las típicas amenazas que podían arruinar un imperio desde dentro o fuera —la deuda, la inestabilidad familiar, la pereza, el deseo por el poder y la guerra, etc.— , y en su lugar pusieron la única cosa que podía preservar un impero y asegurar su crecimiento y prosperidad: amar a Dios y a los demás.


Hoy, aunque no seamos acusados de ser ateos, sí queda el impulso principal de la acusación: somos acusados de quedarnos al margen de la sociedad y de perturbar el orden establecido. Igual que el Imperio romano logró su estabilidad gracias a la tolerancia religiosa, hoy en día se cree que la estabilidad solo se puede lograr a través de una tolerancia absoluta y total en cada esfera de la vida, incluyendo la religión. Por tanto, tenemos mucho que aprender de nuestros antepasados cristianos: tenemos que encontrar una manera de demostrar que, aunque no nos arrodillemos delante de los mismos dioses que ellos, tampoco somos una amenaza a la sociedad y, de hecho, contribuimos a su estabilidad y prosperidad.

[1] Atenagoras, Súplica en favor de los cristianos, 3. [2] Con respecto a las otras dos acusaciones, fueron entendidas como acusaciones de inhumanidad: según escritores como Heródoto, solo aquellos que vivían fuera del mundo civilizado practicaban el canibalismo y el incesto. Como se demostrará, las tres acusaciones eran tres maneras de decir lo mismo: los cristianos querían deshacer el orden civilizado establecido. [3] Martirio de Policarpo 3:2; 9:2. [4] Algo de esto se encuentra en la República de Platón; pero cf. también su Apología. [5] Cf. Nubes, en el que se burla de Sócrates y demuestra que, si se aceptan las ideas de Sócrates, los deudores no pagarán sus dudas, y los hijos insultarán a sus padres. [6] Esta crítica de la religión grecorromana era muy común, tanto por filósofos grecorromanos como Sócrates como por apologetas cristianos como Agustín; cf. Ciudad de Dios.

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